Para contestar esto, primero tenemos que comprender la importancia de los símbolos religiosos y de los ritos en la vida humana y, además, considerar las consecuencias de la imagen masculina de Dios en la vida de las mujeres.

Los símbolos religiosos tienen mucha importancia en la sociedad

Según el antropólogo Clifford Geertz, los símbolos religiosos definen los valores más profundos de una sociedad y de sus miembros. 

La religión tiene una fuerza muy poderosa en la psique de las personas. Provee ritos y símbolos que permiten a las personas enfrentar situaciones límites en la vida (la muerte, el sufrimiento, el mal) y pasar importantes momentos de transición en la vida (el nacimiento, la sexualidad, la muerte).

Llevan a las personas a aceptar o sentirse cómodas dentro del sistema que les toca vivir. 

Así que, incluso aquellas personas que “no creen ya en Dios” o no participan en las estructuras institucionales de la religión patriarcal, pueden no estar libres del poder simbólico del Dios Padre.

Es posible que no sigan las prácticas religiosas y que al encontrarse en una iglesia o una sinagoga para asistir a un matrimonio, un fallecimiento… aquello siga afectando a su inconsciente, sobre todo, si se encuentran en un momento difícil.

La mente aborrece el vacío. Los sistemas simbólicos no pueden ser rechazados, tienen que ser reemplazados, y esto es muy importante. Donde no ha habido ningún reemplazo, la mente volverá, en momentos de crisis, frustración o derrota, a las estructuras mentales habituales.

El símbolo de La Diosa tiene mucho que ofrecer a las mujeres que tratan de desvincularse del desprecio del poder de la mujer, de la denigración del cuerpo de la mujer, de la desconfianza frente a la voluntad de la mujer y de la negación de los vínculos de las mujeres que ha engendrado la religión patriarcal.

La Diosa reafirma el poder de la mujer

Es fuerte y creativo. La mujer no necesita buscar ni a los hombres ni a las figuras masculinas como salvadoras. 

La fuerza y la independencia del poder de la mujer se puede intuir al contemplar las imágenes antiguas y modernas de la Diosa. 

Sin embargo, para muchos es difícil de comprender al colocarse en agudo contraste con los paradigmas de la dependencia frente a los hombres que han predominado en la religión y la cultura occidentales.

La afirmación del poder femenino contenida en el símbolo de la Diosa sostiene y fortalece la confianza de las mujeres en su propio poder y en el poder de las otras mujeres, tanto en la familia como en la sociedad.

El cuerpo de la mujer y sus ciclos de vida son sagrados para La Diosa

La posición menstruante y progenitora de la mujer hace obvia la conexión que existe entre su cuerpo y la naturaleza en este mundo.

Las mujeres fueron denigradas porque parecían más carnales, corpóreas y terrenales que los hombres y esto se simboliza en el mito de Eva, que es tradicionalmente vista como tentadora sexual. 

Esa denigración del cuerpo femenino se expresa a través de tabúes culturales y religiosos relacionados con la menstruación, el alumbramiento y la menopausia.

Pocas mujeres de nuestra cultura se han criado en un clima de afirmación de su menstruación como una conexión con el poder sagrado. Lejos de eso, la mayoría de las mujeres aprende que la menstruación es una maldición y se crían creyendo que es aconsejable esconder los sangrientos hechos de la menstruación. 

La denigración del cuerpo de la mujer y de sus poderes se expresa más profundamente en las actitudes occidentales hacia el parto. La iconografía religiosa no celebra a la que da a luz y no hay ninguna teología o ritual que anime a una mujer a celebrar el proceso del nacimiento como experiencia espiritual.

Y es así que una mujer actual, al dar a luz, se ve como objeto pasivo que requiere, por ejemplo, de anestesia para no sentir, convirtiendo un momento tan trascendente para la mujer en un puro trámite.

Muchas mujeres defienden el parto natural para subrayar la necesidad de las mujeres de tener control sobre sus cuerpos y sentir orgullo de ellos, incluyendo el proceso del parto.

La cultura occidental tampoco otorga mucha dignidad a la mujer posmenopaúsica, la que envejece. Nuestra cultura se construye sobre la negación de la vejez y la muerte y las mujeres sufren de manera más severa esta negación que los hombres. 

Las mujeres son colocadas sobre un pedestal y consideradas poderosas cuando son jóvenes y hermosas, pero se dice que pierden este poder al ir envejeciendo. Algunos hombres son vistos como sabios e influyentes cuando son de edad avanzada, pero a las mujeres de edad se les tiene lástima.

La iconografía religiosa apoya esta actitud cultural hacia las mujeres que envejecen. La pureza y virginidad de María y de las Santas se expresa a menudo en la iconografía de la juventud perpetua.

El símbolo de la Diosa representa  los procesos de nacimiento, muerte y renacimiento de los mundos naturales y humanos y esto se expresa a través de la conexión simbólica entre los veintiocho días del ciclo menstrual y los veintiocho días del ciclo de la luna. 

La Diosa es celebrada en el triple aspecto de juventud, madurez y vejez.

Al final de la vida, las mujeres encarnan el aspecto de la vejez de la Diosa. La mujer vieja y sabia, la que sabe por experiencia propia lo que es la vida, aquella cuya cercanía a la muerte le da una distancia y una perspectiva única.

De este modo, las mujeres aprenden a valorar la juventud, la creatividad y la sabiduría en ellas mismas y en las demás mujeres.

La Diosa valora la voluntad de la mujer

En los círculos de la Diosa, la energía se obtiene por medio del canto y la danza.

El énfasis en la voluntad es importante para las mujeres, porque se les ha enseñado, tradicionalmente, a menospreciar sus deseos, a creer que no pueden lograr la satisfacción de éstos por medio de su propio poder y hasta a suponer que el ejercicio de la voluntad es malo. 

La religión patriarcal ha reforzado el punto de vista según el cual la iniciativa y la voluntad de la mujer son perversas, a través de Eva y María.

Eva ocasionó la caída al imponer su voluntad contra la voluntad de Dios.

María comenzó la nueva era con su respuesta a la iniciativa de Dios, “que se haga en mí según tu palabra”.

Esto tiene consecuencias especialmente perniciosas para las mujeres dentro de la cultura occidental.

Cuando creamos un contexto centrado en La Diosa, la voluntad se valora, la mujer no se limita a esperar y a aceptar la voluntad de otros, como ocurre bajo el patriarcado. 

Tampoco adopta la forma egocéntrica de la voluntad que persigue sus intereses propios sin considerar los intereses de los demás, lejos de eso, la voluntad puede expresarse sólo cuando se ejerce en armonía con las energías y voluntades de los demás. 

Esta disciplina estimula a las mujeres a reconocer que no todos los momentos son propicios para la expresión de cualquier voluntad.

Y así saben que la primavera es una época de nuevos comienzos en el amor y en el trabajo; que el verano es el momento de las manifestaciones externas y que el otoño y el invierno son épocas propicias para despojarse de lo exterior, buscar el centro interior y extender las raíces.

Las mujeres sabias tienen la tradición de creer que cuanto sea enviado fuera, regresará y esto les recuerda que hay que afirmar sus voluntades en cooperación con las demás voluntades y energías.

La Diosa celebra los vínculos entre las mujeres. El vínculo madre-hija

En la literatura, normalmente se ha escrito sobre las mujeres, casi exclusivamente en sus relaciones con los hombres. 

Las celebraciones de los vínculos  de mujeres entre ellas, como madres e hijas, colegas y trabajadoras, hermanas, amigas y amantes, pertenecen más a la nueva literatura de nuestros días y a los movimientos de las mujeres.

El vínculo madre-hija es la clave de todos los demás.

“El vínculo madre-hija es quizás el más importante entre las mujeres, el flujo de energías entre dos cuerpos biológicamente semejantes, uno de los cuales ha descansado en amniótico éxtasis dentro del otro, uno de los cuales ha trabajado para dar a luz al otro…”

Adrienne Rich

Esta relación madre-hija se celebra muy poco en la religión y la cultura patriarcal.

El cristianismo celebra la relación del padre con el hijo y de la madre con el hijo, pero la historia madre-hija está desaparecida.

Se ha escrito  muchísimo sobre el complejo de Edipo (el hijo con la madre), pero poco sobre la relación de la hija con la madre.

Estos esquemas están cambiando en la nueva cultura creada por las mujeres, en la cual, los vínculos entre ellas empiezan a ser celebrados.

Carmen Enguita

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